Puede ser que tras la lectura de un concienzudo estudio sobre história etrusca, encontraron la palabra que buscaban. La que me definiría: Emilio, amable y tranquilo, cortés y gracioso. También cabe la posibilidad de que la decisión se tomara tras deleitarse con la obra de Rousseau o que Zola fuera su escritor favorito. Pero mucho me temo que no. Mi padre lo que leía entonces era ‘Pueblo’ y algo de Marcial Lafuente Estefanía. Literatura, por fortuna, desaparecida. Me inclino más por la teoría de que, lo de mi nombre, es un apaño. Un recurso parapetado tras otra palabra amable y tranquila, tradición... que por otra parte, también es graciosa.

Los guionistas de ‘Cuéntame’ no se han inventado nada. La familia Alcántara es como éramos. Tradicional. Muchos con mi edad nos llamamos como nuestros padres. Exáctamente igual.

Ventajas, pocas. Los inconvenientes, desagradables. La duplicidad de nombres provocaba la utilización de pobres diminutivos: Emilín, Emilito, Emi... Los que aún me llaman así, la verdad, no se muy bien dónde miran. Y no se porqué me quejaba, si algo va mal, hay muchas posibilidades de que vaya peor... Maldito Murphy. Mi padre procede de un pueblo de Soria donde, a cada nombre, le precede un artículo. Total, que para algunos sorianos, sigo siendo ‘El Emilito’. Tremendo. Cuando alguien llamaba por teléfono a casa, hasta yo mismo me sorprendía preguntando eso de ¿Padre, hijo... o Espíritu Santo?

En mi huida de tan menguantes diminutivos, busqué apodos a la medida de un adolescente. Llegue a encontrar unWoody, un Boli y un Snoopy. Bastante caricaturescos, pero no tan odiosos como otro que mi mente se encargó de borrar y mi lado feroz de apagar.

Los años como Emilio fueron pocos. Un buen día una chica me arrancó de mi feliz independencia y mi nombre volvió a cambiar, pero, claro, no a mejor. Lo que era broma, es tragedia ahora. Intento por todos los medios a mi alcance que no se la escape en público y que me llame por mi nombre real. No queda bien que delante de todo el mundo suelte un “¡Oye txurri!”.

Mi ‘txurri’ y yo, perdón, mi chica y yo nos decidimos a tener descendencia. Como a toda acción corresponde una reacción, los nombres de mis hijos no son fáciles de recordar, pero esa es otra historia. El mayor me llama ‘papi’ y la pequeña sólo me llama de madrugada.

El siglo XXI, además de grandes avances científicos, trajo internet. Sí, esa red en la que te puedes llamar como quieras. Eso sí, con una arroba delante del apellido que has escogido. Así me he llegado a rebautizar como: ‘Mr.Cairo’, ‘epgaete’, ‘gaete’, ‘ep’ o, para las mamás del parque, ‘elpadredeneko’. Nunca Emilio. Alguien igual que yo, pero más rápido, lo ha registrado en todos los sitios.

Como buen inconformista, no me resigno a responder al nombre Emilio, pero a contestar por otro nombre, tampoco. Y ahora que me paro a pensar en ello, una mesa es ‘mesa’ desde siempre y desde siempre soy Emilio ¿qué otro nombre podría tener? ¿qué otro nombre podría ser? No sé si me atrevo a imaginar que nombres seré, que nombres tendré. Mejor no pararse... o no pensar.

ë OCT08